Nuestra familia se instaló en la calle Los Carrera al inicio
de abril del año 1956.
Nosotros hasta antes de esa fecha vivíamos en el Fundo de “Lo
Marcoleta”, distante más o menos poco más de un kilómetro de lo que era el
centro de Quilicura.
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Magdalena Calderón, nuestra madre en el fundo Marcoleta |
En el fundo Marcoleta
nuestro padre trabajaba como inquilino y habitábamos una vieja choza de adobes
que se remecía con los temporales.
Era una vida miserable que marcó nuestra infancia de pobreza, sin embargo todo estaba allí: el campo inmenso, las frutas, las verduras, los animales y los espacios por donde se realizaban los juegos de la infancia.
Era una vida miserable que marcó nuestra infancia de pobreza, sin embargo todo estaba allí: el campo inmenso, las frutas, las verduras, los animales y los espacios por donde se realizaban los juegos de la infancia.
En la década de los años cincuenta, el centro de Quilicura estaba limitado en no
más de tres cuadras de la Calle José Francisco Vergara, que era la principal
vía de nuestra aldea.
Desde el fundo Marcoleta, caminando a paso pausado hasta la
calle los carrera eran cerca de media
hora de viaje.
Nuestras hermanas mayores caminaban entonces para llegar a la Escuela Número 165.
El camino era muy hermoso.
La Calle Manuel Antonio Matta, venía serpenteando hacia el
centro dejando ver a ambos costados una constante y nutrida vegetación.
En las pocas casas edificadas, a la vera del camino se
descolgaban las coloridas enredaderas y sobre
las paredes de adobes la humedad del invierno había hecho crecer brotes
de plantas silvestres.
Era un recorrido muy agradable porque cientos de pajarillos
piaban y salticaban de un álamo a otro y
mariposas multicolores visitaban las malvas , las azucenas ,las amapolas, toda
la flora silvestre.
Las flores crecían al borde del camino por donde en toda su
extensión viajaba un canal de regadío.
Y junto a las flores silvestres, habían crecido los añosos
sauces llorones.
Era el ambiente propicio para que brotaran calas y las azucenas.
La zarzamora que cubría las alambradas, contribuía a
mantener el verdor de la calle. Tras de si, las parras, las uvas cristalinas y
los árboles frutales.
calle Matta |
El camino era largo quieto y silencioso.
Muy de vez en cuando surgía algún vehículo motorizado
alterando el paisaje. El ruido de los motores no era algo frecuente, a lo más
algún camión, un tractor y “la micro “que nos trasladaba desde Quilicura hacia
“Santiago”
Lo más natural, era que transitaran caballos y carretones porque formaban parte del trabajo diario de los hombres del
campo.
A diferentes horas del día, de madrugada, al mediodía o por
la tarde, los campesinos con sus herramientas al hombro iban o volvían de sus
labores.
Era el paisaje de una pequeña aldea provinciana donde se
conjugaba la paz y la tranquilidad con el aroma de la tierra fresca.
calle O' higgins |
Atravesando la plaza se conectaba con “el pueblo” y al
centro aparecía la esquina inconfundible de la Calle “Los carrera”. Una esquina
que por muchos años el tiempo hizo aparecer como inalterable.
Había allí una “botica”, la única de Quilicura que poseía
unas hermosas baldosas multicolores. Entre el gris del cemento y el marrón de
la tierra, estas baldosas se distinguían fácilmente y eran el camino obligado
para que los niños pequeños trataran de seguir el diseño de sus dibujos.
La botica era por entonces lo más céntrico de nuestra aldea.
En la misma vereda de la botica, algunos pequeños almacenes
y el viejo restaurante “Costa Azul”
Era inevitable al transitar por ella, observar de frente, el
cerro de la cruz de Quilicura, que siempre vestía de colores verdes. Yendo
hacia el sur, la postal nos mostraba el triangulo que formaba su parte más
elevada.
El cerro de Quilicura se recortaba con un profundo color
azul del cielo en primaveras y veranos.
Era también inevitable
percibir los aromas que traía la brisa desde el sur. La fragancia de
hierbas, flores y frutas en primavera.
Nuestra calle era hermosa, fresca, florida donde se
respiraba la calma y la paz.
A ambos costados se levantaban las acacias que en los
períodos de brotes, exhalaban los perfumes que penetraban hasta nuestras casas.
Nuestras casas eran de adobes, todas del mismo nivel, sólo más grandes o más pequeñas, sólo con colores diferentes .Pero allí estaba
demarcada una arquitectura simple, un estilo campesino inconfundible: La misma
estructura, las mismas puertas, las mismas ventanas, las mismas paredes, el
corredor y sus luminarias pequeñas.
Todas tenían un pasillo de acceso y terminaban en un patio.
Era natural que en sus jardines crecieran todo tipo de
plantas y flores. Las más diversas.
Era natural que en cada uno de ellas hubiese muchos árboles
frutales.
Eran hermosos parrones que sombreaban los espacios y que en
la época de la uva, sus granos cristalinos nos remitían a las categorías de
racimos que siempre definieron nuestros padres: uva “moscatel”, uva “torontel”, uva “torontel rosada”, uva “deodama”, uva
negra.
En nuestro barrio abundaban las uvas, las paltas, las
higueras y los duraznos.
Era el conjunto de aromas que respiramos desde siempre.
De niños solíamos jugar días completos a las “pichangas” en
el medio de la calle con una pelota de trapo. Eran jornadas interminables hasta
que anochecía.
Al atardecer los campesinos volvían de sus labores, lo mismo
los estudiantes que tenían que salir de la comuna.
esquina Riquelme |
Cerca de las nueve de la noche, el barrio y la aldea se
cubrían de quietud y de silencio.
Ya nadie transitaba por las calles.
Entonces aparecía ante nuestros ojos un cielo inmenso, luminoso
que dejaba ver miles de estrellas y nuestros ojos escudriñaban el espacio y las
constelaciones.
El día se iniciaba muy temprano al rayar el alba cuando el
canto de los gallos se iba repitiendo de casa en casa.
Y era la hora en que los vecinos iniciaban sus labores.
Todos nos conocíamos, conocíamos a cada vecino, su trabajo y
su familia. Los niños respetábamos a cada uno de ellos y a su vez los adultos
protegían a los más pequeños. Era una calle de armonía y respeto, era hermosa
porque cada vecino mantenía la limpieza de su acera y de su espacio.
La había levantado nuestro padre Belarmino, con inmensos
sacrificios, con el sudor, con el amor y con el esfuerzo.
Venía los días domingos a trabajar en sus paredes y
detalles. Se levantó lentamente, adobe por adobe ,hasta que un día llenos de ilusión y
sorprendidos con lo que vivíamos nos encontramos allí.
En este nuevo hogar de gruesas paredes, junto a nuestra madre, Magdalena, vivíamos nosotros
que éramos diez hermanos: Abel, Carmen, Marta, Maggie, Mario, Sylvia, Purísima, Dianides, Víctor y Jacqueline
Vendrían tiempos difíciles de privaciones y carencias.No es el afán de esta crónica dar detalles sobre eso.
Era una casa hermosa que resistía temporales y terremotos.
Los inviernos eran inclementes e interminables y necesariamente
nos refugiábamos tras los muros de la
casa y contemplábamos la lluvia desde nuestros cristales.
Era una amplia galería hacia el poniente.
Era una amplia galería hacia el poniente.
En el invierno nuestra calle quedaba más solitaria aún.
Se entristecían las acacias y el agua corría interminable por las aceras.
Se entristecían las acacias y el agua corría interminable por las aceras.
Así transcurrieron los días, los meses y los años.
Nuestros vecinos serían por siempre inolvidables, como
también nosotros lo seríamos para ellos.
En la casa de los Carrera se quedaron nuestras penas y
nuestras alegrías, nuestras risas y nuestros llantos.
Nuestras historias de niños y de jóvenes.
No olvidaremos los espacios que recorrimos día a día, el patio, el parrón, el gallinero..El jardín.
No olvidaremos los espacios que recorrimos día a día, el patio, el parrón, el gallinero..El jardín.
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Jardín de la Calle Los Carrera 1965 |